SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS - 2011
Lecturas: Apocalipsis 7,2-4.9-14. // Salmo 24(23),1-2.3-4ab.5-6. // Epístola I de San Juan 3,1-3. // Mateo 5,1-12a.
Celebramos hoy la Solemnidad de todos los Santos. Las Lecturas de hoy nos indican una meta y un camino... La meta: nuestra salvación... El Camino que nos lleva a esa meta es el Camino de la Santidad, el Camino de las Bienaventuranzas que nos relata el mismo Jesucristo en el Evangelio de hoy . (Mt. 5, 1-12)
“La marca con el sello en la frente” que recibirán los salvados y de la cual nos habla la Lectura del Apocalipsis (Ap. 7, 2-4 y 9-14) es para ”los servidores de nuestro Dios”, como también lo dice esa Primera Lectura. ¿Y quién es “servidor de Dios”? Aquél que cumple la Voluntad de Dios, aquél que busca hacer la Voluntad de Dios y no su propia voluntad. Ya en esto de ser “servidores” de Dios, vamos viendo cómo es el Camino de la Santidad, ese Camino que nos lleva a la salvación, que nos lleva a la felicidad eterna en el Cielo. Ser servidor es ser “esclavo”, aunque ahora no se lleva mucho ese vocablo por su significación sociológica. Pero ¡qué apropiada es esa palabra para la vida espiritual!
El esclavo es aquél que no tiene voluntad propia, sino que hace lo que su dueño le indica y le pide. Eso es lo que han sido los Santos: “servidores de Dios”. Eso es lo que han hecho todos los Santos con “S” mayúscula, reconocidos por la Iglesia como Santos. Y es también lo que han hecho todos los santos anónimos que hoy recordamos en esta Solemnidad de Todos los Santos.
Ellos han seguido el Camino... y nosotros también estamos llamados a seguirlo: Todos - sin excepción. Todos estamos llamados a ser Santos. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en el llamado de Cristo: “Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida son llamados a la santidad”.
Pero la palabra “santidad”, a veces nos intimida y hasta nos asusta, porque nos parece ¡demasiado! Sin embargo, recordemos que no sólo es posible llegar al Cielo, sino que es ése el deseo de nuestro Padre Dios y de Jesucristo, Su Hijo, y de Su Santo Espíritu. Para eso hemos sido creados por Dios Padre, para eso vino Jesucristo a redimirnos, para eso contamos con todas las gracias del Espíritu Santo.
La santidad es una exigencia evangélica que nos recuerda el Magisterio de la Iglesia.
“Sed perfectos como Mi Padre es perfecto” (Mt. 5, 48).
“Así como el que os ha llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1a.Pe. 15).
“Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida ... son llamados a la santidad” (Catecismo de la Iglesia Católica #2013).
Pero nos parece la santidad algo inalcanzable. ¿Y por qué lo ha de ser? ¿Por qué? ¿No somos nosotros exactamente iguales a todos los que han llegado a ser Santos? ¿No somos iguales a tantos santos anónimos, tal vez personas conocidas nuestras, y hasta parientes o familiares, que han respondido al llamado del Señor a seguir Su Camino, para llegar a la meta de la salvación?
Sepamos que la santidad para cada uno de nosotros no es imposible: es perfectamente posible. Eso sí: lo que no se ha dicho es que sea fácil. Eso no lo ha dicho nadie. La Santidad no es fácil. Es un camino difícil. Pero no por difícil es imposible. Sabemos que Dios nos quiere santos. Y si nos quiere santos, sabemos que El nos da todas las gracias, es decir: todas las ayudas que necesitamos para serlo.
¿Qué se requiere entonces para ser santos? Si Dios nos da la Gracia, ¿qué es lo que nosotros debemos poner? ¿En qué consiste nuestro esfuerzo? Nuestro esfuerzo para alcanzar la santidad consiste en responder a esa Gracia de santificación que nos ayuda en nuestro Camino hacia el Cielo.
Ser santo es seguir la Voluntad de Dios con la ayuda de su Gracia. Ser santo es tratar de ser como Dios quiere que sea. Es desear lo que Dios desea para mí. Es hacer lo que Dios quiere que yo haga. Es reconocer a Dios como nuestro Dueño y no creernos independientes de El. Es preferir la Voluntad de Dios en vez de la mía. Es decir “sí” a Dios y decirme “no” a mí mismo.
Decíamos que la Santidad es posible, pero que no es fácil. Y en el Evangelio de hoy vemos descrito el Camino de la Santidad como el Camino de las Bienaventuranzas. Allí nos dice el Señor que el sufrimiento es parte del Camino de Santidad.
Todas las Bienaventuranzas nos muestran que el Camino de Santidad es un camino de sufrimiento, pues aún las que no se refieren directamente al sufrimiento, indirectamente lo incluyen, pues para ser misericordiosos, mansos, puros de corazón y pacíficos, debemos luchar contra nuestra propia voluntad y aceptar con serenidad situaciones difíciles que nos hacen sufrir. El sufrimiento no nos gusta, pero está incluido en el Camino de Santidad.
La vocación de todo bautizado es la Santidad. Esa es nuestra misión en la vida. Pido a Dios que nos conceda asumir esa vocación y trabajarla día a día. Que Dios os bendiga a todos.
Lecturas: Apocalipsis 7,2-4.9-14. // Salmo 24(23),1-2.3-4ab.5-6. // Epístola I de San Juan 3,1-3. // Mateo 5,1-12a.
Celebramos hoy la Solemnidad de todos los Santos. Las Lecturas de hoy nos indican una meta y un camino... La meta: nuestra salvación... El Camino que nos lleva a esa meta es el Camino de la Santidad, el Camino de las Bienaventuranzas que nos relata el mismo Jesucristo en el Evangelio de hoy . (Mt. 5, 1-12)“La marca con el sello en la frente” que recibirán los salvados y de la cual nos habla la Lectura del Apocalipsis (Ap. 7, 2-4 y 9-14) es para ”los servidores de nuestro Dios”, como también lo dice esa Primera Lectura. ¿Y quién es “servidor de Dios”? Aquél que cumple la Voluntad de Dios, aquél que busca hacer la Voluntad de Dios y no su propia voluntad. Ya en esto de ser “servidores” de Dios, vamos viendo cómo es el Camino de la Santidad, ese Camino que nos lleva a la salvación, que nos lleva a la felicidad eterna en el Cielo. Ser servidor es ser “esclavo”, aunque ahora no se lleva mucho ese vocablo por su significación sociológica. Pero ¡qué apropiada es esa palabra para la vida espiritual!
El esclavo es aquél que no tiene voluntad propia, sino que hace lo que su dueño le indica y le pide. Eso es lo que han sido los Santos: “servidores de Dios”. Eso es lo que han hecho todos los Santos con “S” mayúscula, reconocidos por la Iglesia como Santos. Y es también lo que han hecho todos los santos anónimos que hoy recordamos en esta Solemnidad de Todos los Santos.
Ellos han seguido el Camino... y nosotros también estamos llamados a seguirlo: Todos - sin excepción. Todos estamos llamados a ser Santos. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en el llamado de Cristo: “Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida son llamados a la santidad”.
Pero la palabra “santidad”, a veces nos intimida y hasta nos asusta, porque nos parece ¡demasiado! Sin embargo, recordemos que no sólo es posible llegar al Cielo, sino que es ése el deseo de nuestro Padre Dios y de Jesucristo, Su Hijo, y de Su Santo Espíritu. Para eso hemos sido creados por Dios Padre, para eso vino Jesucristo a redimirnos, para eso contamos con todas las gracias del Espíritu Santo.
La santidad es una exigencia evangélica que nos recuerda el Magisterio de la Iglesia.
“Sed perfectos como Mi Padre es perfecto” (Mt. 5, 48).
“Así como el que os ha llamado es Santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” (1a.Pe. 15).
“Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida ... son llamados a la santidad” (Catecismo de la Iglesia Católica #2013).
Pero nos parece la santidad algo inalcanzable. ¿Y por qué lo ha de ser? ¿Por qué? ¿No somos nosotros exactamente iguales a todos los que han llegado a ser Santos? ¿No somos iguales a tantos santos anónimos, tal vez personas conocidas nuestras, y hasta parientes o familiares, que han respondido al llamado del Señor a seguir Su Camino, para llegar a la meta de la salvación?
Sepamos que la santidad para cada uno de nosotros no es imposible: es perfectamente posible. Eso sí: lo que no se ha dicho es que sea fácil. Eso no lo ha dicho nadie. La Santidad no es fácil. Es un camino difícil. Pero no por difícil es imposible. Sabemos que Dios nos quiere santos. Y si nos quiere santos, sabemos que El nos da todas las gracias, es decir: todas las ayudas que necesitamos para serlo.
¿Qué se requiere entonces para ser santos? Si Dios nos da la Gracia, ¿qué es lo que nosotros debemos poner? ¿En qué consiste nuestro esfuerzo? Nuestro esfuerzo para alcanzar la santidad consiste en responder a esa Gracia de santificación que nos ayuda en nuestro Camino hacia el Cielo.
Ser santo es seguir la Voluntad de Dios con la ayuda de su Gracia. Ser santo es tratar de ser como Dios quiere que sea. Es desear lo que Dios desea para mí. Es hacer lo que Dios quiere que yo haga. Es reconocer a Dios como nuestro Dueño y no creernos independientes de El. Es preferir la Voluntad de Dios en vez de la mía. Es decir “sí” a Dios y decirme “no” a mí mismo.
Decíamos que la Santidad es posible, pero que no es fácil. Y en el Evangelio de hoy vemos descrito el Camino de la Santidad como el Camino de las Bienaventuranzas. Allí nos dice el Señor que el sufrimiento es parte del Camino de Santidad.
Todas las Bienaventuranzas nos muestran que el Camino de Santidad es un camino de sufrimiento, pues aún las que no se refieren directamente al sufrimiento, indirectamente lo incluyen, pues para ser misericordiosos, mansos, puros de corazón y pacíficos, debemos luchar contra nuestra propia voluntad y aceptar con serenidad situaciones difíciles que nos hacen sufrir. El sufrimiento no nos gusta, pero está incluido en el Camino de Santidad.
La vocación de todo bautizado es la Santidad. Esa es nuestra misión en la vida. Pido a Dios que nos conceda asumir esa vocación y trabajarla día a día. Que Dios os bendiga a todos.
Tomás Pajuelo Romero.
Párroco
Párroco


Las lecturas de este domingo nos hablan del amor... del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo. En estos dos mandamientos se encierra la voluntad de Dios revelada en la Sagrada Escritura. Nuestra relación con Dios va en sentido vertical y nuestra relación con el prójimo va en sentido horizontal, como formando una cruz, en la cual uno y otro eje son indispensables. No puede separarse uno del otro. Esto es muy importante porque cuando despojamos al amor de Dios de la entrega a los hermanos, caemos en un espiritualismo desencarnado y totalmente contrario a la voluntad de Dios. Y cuando olvidamos el amor a Dios por entregarnos sólo y exclusivamente al hermano, ceamos en un activismo secular que olvida a Dios.
El Evangelio de hoy toca un asunto político-religioso: la autoridad civil y la autoridad divina; la función del Estado y la función de la Iglesia. Se trata del episodio en el cual los Fariseos, pretendiendo nuevamente poner a Jesús contra la pared, le preguntaron si era lícito pagarle impuestos a Roma. Es un nuevo intento de intentar pillar a Jesús.

Las Lecturas de hoy se refieren a la Fiesta que tendrá lugar en la eternidad, es decir, al "Banquete de Bodas" preparado por Dios nuestro Señor para todos los seres humanos al final de los tiempos. Se trata de nuestra salvación, de nuestra felicidad eterna con El para siempre en la Jerusalén Celestial, cuando Dios "enjugará toda lágrima y ya no existirá ni muerte, ni duelo, no gemidos, ni penas" (Ap. 21, 4) y viviremos en completa y perfecta felicidad para siempre.

