domingo, 28 de febrero de 2010

Cuentas de la Parroquia año 2009

A continuación se muestran las cuentas de la Parroquia, correspondientes al ejercicio 2009:



Con sincera humildad y dejando claro que estas notas son sólo apreciaciones mías particulares, me gustaría compartir la siguiente reflexión que comenzaba con esta pregunta que me he hecho ¿cuál es el principal motivo para hacer pública esta información?
  • Si pensamos en palabras por desgracia hoy en día bastante gastadas podemos llegar a conceptos como transparencia, integridad, etc. Bien, eso es bueno, pero no es el motivo principal, sólo uno de ellos. Este sólo es el lugar en el que las instituciones públicas ya se detienen. Avancemos algo más nosotros.
  • Un motivo informativo. De acuerdo, los fieles han de estar informados, pero no porque lo diga ninguna instrucción diocesana o episcopal, ni para convertirnos a los laicos en auditores de los asuntos económicos de la parroquia, sino porque es bueno saber cómo se emplea el dinero que se recauda porque nos hace a todos partícipes de la vida parroquial al ser este otro aspecto de ella; pero sigue sin ser el motivo principal.

  • Si estamos informados y reflexionamos, entonces, conocemos y comprendemos. Si conocemos y comprendemos, es inevitable que veamos las necesidades. Viendo las necesidades, es de personas cabales, ya no digo católicas, que intentemos resolverlas. Y resolver las necesidades que vemos es sencillamente amar al prójimo. Ese creo que es el principal motivo de hacer públicas las cuentas de la parroquia: ver cómo nuestra ayuda económica se utiliza para hacer el bien, directa e indirectamente mediante nuestra obligación moral de contribuir al sostenimiento de la Parroquia, sirviendo para dar de comer al hambriento, acompañar al solitario o enfermo... y en definitiva cumplir el mandato de Cristo.
Me gustaría evitar eufemismos como solidarizarnos con los que tienen menos, unirnos en una causa común y conceptos parecidos que, siendo buenos por sí mismos, no recogen la idea que está de fondo en la reflexión que me planteo y -repito, humildemente- comparto con quien se acerque a este texto. Se trata de dar dinero, esa es la palabra y esa es la cuestión; y no sólo el que nos sobra. El asunto es muy sencillo (de entender, no de hacer) y lo planteo desglosado en esta serie de preguntas:

  • ¿Estoy dispuesto/a a dar dinero para el sostenimiento de nuestra parroquia, mi Iglesia?
  • ¿Entiendo claramente que esta es mi obligación moral como católico y como feligrés del Beato?
  • ¿Comprendo que ayudar al sostenimiento de la parroquia es ayudar a los necesitados directa o indirectamente, empezando por nosotros mismos facilitando que podamos vivir y celebrar la fe?
  • Estoy dispuesto a que ese dinero sea una cantidad sustancial, y no lo que me sobra o aquello a lo que con un pequeño esfuerzo estoy dispuesto a renunciar?
  • Es decir, justamente ahora en Cuaresma, soy capaz de intentar compartir como hizo la viuda que Jesús nuestro Señor cita en los Evangelios y que ejemplifica la limosna? (cf. Marcos 12, 41-44)
Tengo claro, por la fe, que si aumentamos el dinero que damos, con ello acercamos más el Reino de Cristo, y no sólo para toda la humanidad, sino para nosotros mismos, porque el Señor nos ha asegurado que los que renunciemos a todo por Él recibiremos el ciento por uno. (Marcos 10, 28-31)

Es bueno hacer la salvedad de que la conciencia de cada cual ha de dictar hasta dónde puede y debe responsablemente compartir, pero sin olvidar pasajes del Evangelio, de la Palabra en definitiva, cuando Jesús nos conmina a confiar en la Providencia Divina. (cf. Mateo 6, 25-34)

Lanzo por tanto un grito para sacudir nuestras comodidades y comprometernos con la parroquia mediante estas cuentas corrientes: CAJASUR 2024 0197 90 3000000818; BBVA 0182 5909 13 0201501721. Toda ayuda recibida será informada específicamente en esta web, así como el uso que, para el bien, se hace de ella.

Dicho esto, solo queda pedir sinceras disculpas si estas reflexiones -quizá un tanto categóricas- han podido ofender o molestar a alguien, ofrecer los comentarios de esta entrada para aclarar algún detalle de las cuentas por las que alguien pueda sentir interés, proponer nuevas acciones con las que el dinero que vayamos a entregar pueda ayudar a los demás y dejar que Dios sea quien mueva los corazones porque no se puede aspirar a eso, sino a intentar humildemente cumplir la voluntad de nuestro creador, que es amarnos los unos a los otros como Jesús nos amó, y a Dios por encima de todo.

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sábado, 27 de febrero de 2010

Nosotros somos ciudadanos del cielo

2º DOMINGO DE CUARESMA

Lecturas: Génesis 15, 5-12. 17-18 // Salmo 26 // Filipenses 3, 17 - 4,1 // Lucas 9, 28b-36

Estamos ya en el segundo domingo de Cuaresma, ha pasado ya una semana desde que comenzamos a vivir este tiempo especial de oración, de ayuno y de penitencia. Tiempo de Conversión.

Deberíamos meditar y evaluar cómo van nuestros propósitos y nuestro plan de vida para este tiempo santo. No perdamos la oportunidad de convertirnos de mejorar nuestra vida cristiana, nuestro amor a Dios y al prójimo.

La Palabra de Dios que se proclama en este domingo nos llena de esperanza. Es verdad que las cruces de cada día nos nublan y oscurecen el horizonte de nuestras vidas. Muchas veces nuestros problemas nos hunden tanto en la oscuridad, en la desesperanza, que no vemos luz al final del camino.

Jesús es muy consciente de esta realidad de la condición humana y sabedor de sus sufrimientos en la Pasión, muestra su divinidad. Sus milagros, sus palabras, su amor a toda la gente hacen que sus discípulos vayan creciendo en fe y en presencia de Dios. Jesús, quiere llevarse a Pedro, Santiago y Juan para mostrarles su Gloria. Él sabe que van a llegar días muy duros, muy sufrientes, donde su imagen va a ser destrozada, su presencia va a ser todo lo más humano que le han conocido. Contemplarán la imagen más destrozada de Jesús, su terrible sufrimiento en la Pasión. Pero para ayudar a la fe de sus discípulos les muestra en el monte Tabor su divinidad. Les hace vivir un anticipo de su Gloria. Como muestra de lo que será nuestra vida en su presencia. Es tal el impacto que se llevan que Pedro se queda desorientado, sin saber lo que decia: "¡Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas!

Jesús se muestra acompañado de Moisés y Elías, vivos y en su presencia. Es la manifestación de la vida de la Gloria para los Santos, es la prueba en el evangelio que los justos viven en la Gloria en el cielo. Aparecen junto a Cristo y este une así el Antiguo Testamento y la Nueva Alianza en su persona. Es la unión perfecta del Antiguo Testamento con el Verbo Encarnado, Cristo.

Para nosotros Cristo también hace el Milagro de la Transubstanciación, nos muestra su Gloria ante la dureza de nuestras vidas y la oscuridad de nuestros pecados. Contemplamos el milagro de la Eucaristía cada domingo, cada día. Así podemos acercarnos a la luz, al banquete del Reino en nuestra vida cotidiana. Es un regalo de Dios vivir cada Eucaristía, es un regalo poder contemplar a Cristo glorioso en el altar para que cuando nos lleguen los momentos tremendamente humanos del sufrimiento y de la cruz tengamos el recuerdo y el regusto de haber vivido la cercanía de la Gloria. Si vivimos así la Eucaristía cada domingo, estaremos anticipando la gloria en nuestras vidas. Es una experiencia única, si pudiesemos compartir lo que significa esa presencia de Cristo en la Eucaristía, podriamos dar Esperanza, Luz, Ilusión, Alegría,etc... a nuestro mundo. Sería la mejor manera de testimoniar nuestra vivencia de fe, nuestra vivencia de la Eucaristía.

Jesús en el monte Tabor ayudó a sus discípulos a saber mirar su divinidad cuando más sufriente era nuestra humanidad. Les ayudó a saber mirar a Cristo Resucitado, al Cristo Pascual, al Cristo Vivo cuando el sufrimiento, la Cruz y el pecado nos hace la vida más pesada. No podemos quedarnos caidos bajo el peso de nuestras oscuridades, levantemos los ojos al cielo y contemplemos en la Gloria el futuro de nuestras existencias.

Cuando nos venga el bajón por nuestros pecados, por nuestras culpas, miremos a Cristo Eucaristía, a la Sagrada Forma y levantemos nuestras almas y nuestras vidas para seguir con alegría y fortaleza nuestras existencias.

Que Dios nos conceda a todos vivir realmente este tiempo de Cuaresma como tiempo de encuentro con Cristo, de oración, para ser mejores cristianos. Que Dios os bendiga.

Tomás Pajuelo. Párroco


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jueves, 25 de febrero de 2010

Teología para Todos. Capítulo 19. Honrar a los padres. Educar a los hijos.

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martes, 23 de febrero de 2010

Conociendo a nuestro obispo, D. Demetrio Fernández

Obispo de Tarazona en los últimos cinco años, D. Demetrio Fernandez acaba de ser nombrado por el Papa Benedicto XVI Obispo de Córdoba.

Monseñor Demetrio Fernández Martínez nació hace 60 –precisamente el 15 de febrero de 1950- en la localidad toledana de Puente del Arzobispo. Estudió en los seminarios de la archidiócesis toledana y fue sacerdote de su presbiterio.

Fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1974, de manos del cardenal Marcelo González Martín, de quien sería, con el paso del tiempo, estrecho colaborador. Realizó estudios superiores de Derecho Canónico y de Teología. Es doctor en esta última disciplina con una tesis sobre Cristología dirigida por el arzobispo Angelo Amato. Durante 26 años fue el profesor de Cristología en el seminario de Toledo. En su servicio a la archidiócesis primada trabajó en parroquias –al ser nombrado obispo en diciembre de 2004 era párroco de Santo Tomé de Toledo-, en movimientos apostólicos, en la formación sacerdotal -aparte de profesor del seminario, formador y rector del seminario de Santa Leocadia para vocaciones tardías, fue delegado episcopal de Evangelización, Doctrina de la Fe y Relaciones Interconfesionales de 1997 a 2004- y como provicario general de 1992 a 1996.

Fue ordenado obispo en el monasterio de Veruela el 9 de enero de 2005. En la CEE pertenece a las Comisiones Episcopal para la Doctrina de la Fe y la Vida Consagrada y es el obispo asesor del Orden de las Vírgenes en España.

Como complemento a esta semblanza, recomendamos las siguientes lecturas:

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lunes, 22 de febrero de 2010

Triduo en Honor de Nuestro Padre Jesús de la Fe

Imagen de Nuestro Padre Jesús de la Fe en la capilla de la iglesiaEl jueves, 25 de Febrero, comenzará en nuestra parroquia, organizado por la Hermandad de la Sagrada Cena, un Triduo en honor de su sagrado titular, Nuestro Padre Jesús de la Fe.

Así, el jueves, viernes y sábado a las 20’00 h oficiará los cultos el Rvdo. Padre Don Francisco Javier Cañete Calero, párroco de Santa Isabel de Hungría. Al término de la eucaristía habrá exposición del Santísimo Sacramento.

El domingo, 28 de febrero, a las 20’00 h. se celebrará la Fiesta de Regla de la Hermandad.

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Recogida de Alimentos

En este tiempo de cuaresma, siguiendo la práctica cuaresmal de la limosna, vamos a recoger en nuestra parroquia alimentos no perecederos para asistir a los mas necesitados de nuestra ciudad.

Así, durante toda la cuaresma, todo aquel que lo desee puede llevar a la parroquia, cualquier día, entre las 19'00 h. y las 20'00 h. paquetes de arroz, lentejas, garbanzos, azúcar, pastas, etc que serán entregados a distintas instituciones benéficas quienes se encargarán a su vez de su reparto.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2010

« La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2009

BENEDICTUS PP. XVI

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