jueves, 21 de octubre de 2010

Octubre, Mes del Rosario

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lunes, 18 de octubre de 2010

Aviso; Reuniones con los Padres de los Niños de Catequesis de Primera Comunión

El próximo miércoles, 20 de octubre, a las 20:30 h. se celebrará en el salón parroquial una reunión con los padres de los niños de 2º de primaria que comienzan este curso la catequesis de Primera Comunión.

Asimismo el próximo jueves, 21 de octubre, se celebrará otra reunión, en el mismo lugar y hora, con los padres de los niños de 3º de primaria y que este año hacen su Primera Comunión.

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sábado, 16 de octubre de 2010

Orar siempre sin desanimarse

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Éxodo 17, 8-13 // Salmo 121 // 2ª Timoteo 3,14- 4,2 // Lucas 18,1-8.

La liturgia de la Palabra de este domingo veintinueve del tiempo ordinario nos presenta de una manera clara y con ejemplos, la importancia de la insistencia en la oración y sobre todo la perseverancia.

Al comienzo del capítulo XVIII del evangelio de san Lucas, proclamamos hoy otra parábola de Jesús. Se trata de la parábola de la viuda que a causa de su insistencia logra que un juez injusto atienda sus reclamaciones, al menos para acallar sus quejas. Se ha escrito que esta parábola forma un conjunto con otra parábola de Jesús que trasmite san Lucas y que puede llamar gemela. Es la parábola que cuenta la historia de aquel que es despertado a medianoche por un amigo inoportuno a quien finalmente atiende y le da lo que pide pero no en virtud de la amistad sino para que dejara de molestarles y pudiera él volver a dormir (Lc. 11, 5-8). En ambas parábolas, Dios aparece comparado por contraste con un personaje que de ninguna manera se presenta como modelo: un mal amigo o un juez injusto. Y con lógica se concluye que si el mal amigo se levanta para abrir la puerta al inoportuno que suena a su puerta cuando es hora de dormir, o si el juez injusto atiende los reclamos de la viuda, cuanto más Dios, que es amigo bueno y juez justo, escuchará la oración perseverante de sus fieles y "dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan" (Lc. 11, 13). En ambas parábolas se apunta como enseñanza a la perseverancia en la oración de súplica o petición a Dios.

Introduce así, en efecto, el evangelista la parábola del juez y la viuda: "Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse" (Lc. 18, 1). Pero la pregunta que hace Jesús al final de la parábola del juez y la viuda: "Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" (Lc. 18, 8) sugiere que se trata no sólo de la perseverancia en la oración sino también de la perseverancia de la fe.

Y en relación al evangelio de este domingo, la primera lectura, Éxodo 17, 8-13, nos cuenta cómo, por su oración intercesora, Moisés, con los brazos en alto en la montaña, de pie o sentado y sostenido por Aaron y Jur, con los brazos levantados, firmes hasta la puesta del sol, por su perseverancia incansable en la súplica, obtuvo de Dios para el Pueblo de la Antigua Alianza el éxito en la defensa frente al ataque de los amalecitas. Cuando sus brazos caían, ganaban sus enemigos. Mientras los mantenía en alto, vencía Israel. La perseverancia y continuidad en la oración lo consigue todo de Dios. Fijaos que manera más simbólica de expresar la constancia en la oración: mientras Moisés estaba con los brazos en alto Dios le escuchaba, mientras estaba en disposición, con ganás, perseverando, orando sin cansarse. Cuando nosotros oramos cada día, sin cansarnos, siendo firmes en nuestro tiempo de oración y vivimos plenamente nuestro encuentro con el Señor, sentimos que la vida es menos cuesta arriba y que tenemos cerca a Dios. Pero si bajamos los brazos, nos cansamos, nos olvidamos de rezar, lo hacemos un día y cinco no, entonces nos damos cuenta que nuestra vida se hace oscura, que nos cuesta pasar cada día, nos alejamos nosotros mismos de la Fuente de la Gracia que es Dios. Es muy significativo el papel que juegan en el texto del Exódo Aarón y Jur, ellos son los que ayudan a Moisés a mantenerse firme en la oración. Ellos son los que están pendientes para que sus brazos no caigan, para que su oración no flaquee. El sacerdote, hoy, hace el mismo papel, es el que puede ayudarnos, si se lo pedimos, para que nuestra oración no decaiga, para que nuestra súplica y acción de gracias esté siempre en la presencia de Dios. El puede enseñarte caminos de oración. Cuando estamos enfermos vamos al médico, cuando se nos rompe una tuberia llamamos al fontanero, cuando se rompe la lámpara llamamos al electricista... ¿Por qué cuando tenemos problemas en nuestro camino de oración y de entrega a Dios no acudimos al Sacerdote? ¿Por qué buscamos en libros extraños, teorias remotas y oscuras los caminos del espíritu? Tenemos que recuperar en nuestras vidas la figura de nuestro director espiritual, la persona que sabemos va a estar ahí siempre, que nos conoce, que sabe de nuestro caminar en la fe y que es el mejor que puede ayudarnos a progresar en ese camino de fe.

No podemos olvidar que tenemos la obligación moral de crecer en la fe, de cuidarla, de mimarla frente a todos los riesgos que el mal nos ofrece en nuestros días. Que no podemos conformarnos con la fe que tenemos ahora, que debemos crecer cada día más en el amor a Dios y al prójimo. Mirad las palabras con las que termina el evangelio de hoy: "Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿Encontrará fe en la tierra?"

Es muy seria esta pregunta, si descuidamos nuestra vida de fe, de oración, de sacramentos y de caridad. Si vivimos como si no tuvieramos fe, cuando llegue el último día ¿qué vamos a presentar ante Dios?

Que el Señor nos ayude a todos a ser perseverantes en la oración, en la vida sacramental y a crecer cada día más en la fe, la esperanza y la caridad. Que Dios os bendiga.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.


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miércoles, 13 de octubre de 2010

¿La ciencia moderna excluye la existencia de Dios?

Con ocasión de la reciente publicación de su último libro, el científico británico Stephen Hawking afirma que la física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el universo, porque el Universo puede haber surgido del caos sólo por las leyes de la naturaleza.

Esta clase de afirmaciones son habituales y tan recurrentes que pese a no ser este un sitio web de explicación de la fe, sí que una de sus motivaciones es servir de base para la formación cristiana, por lo que modestamente con esta entrada intentaremos aportar una breve explicación con conceptos y expresiones sencillos de por qué lo que Hawking afirma es sólo sensacionalismo y no una argumentación fundada.

Antes de comenzar, un breve inciso para avisar de que esta explicación no contradice la teoría de la evolución, a la que la Iglesia no se opone.

La cuestión es sencilla: no hay lugar al debate porque la ciencia experimental o empírica no estudia la materia de la filosofía/teología y viceversa. La ciencia experimental estudia lo físico y la teología lo metafísico (materia más allá de lo físico). Es como si desde la teología se pretendiera explicar la fotosíntesis: no es su materia. Pretender demostrar la inexistencia de Dios desde la ciencia empírica parece absurdo, no es una herramienta capaz para ello porque Dios (un ser superior) trasciende lo físico. Como si con un microscopio intentásemos estudiar astronomía: la herramienta no se ha hecho para ello. En resumen, es abordable demostrar la existencia o no existencia de Dios desde la filosofía, pero nunca desde la física como Hawking afirma.

Cuando la Iglesia afirma que la fe y la razón coexisten y no se oponen no quiere decir que la fe se demuestre científicamente, sino que la fe, la existencia de Dios, lo trascendente, es racional/razonable, es decir, que se puede comprender usando la razón y la lógica humanas, que no supera esas capacidades humanas. PERO si se pretende estudiar profunda y seriamente el hecho de Dios, del ser supremo, ha de ser a través de la metafísica, no desde las ciencias físicas exclusivamente.

La Iglesia afirma que el estudio que la ciencia empírica hace de la realidad perceptible por los sentidos es bueno y COMPLEMENTARIO a la visión de la realidad que nos ofrece la fe, y esa otra visión es la realidad trascendente, la metafísica. Ambas visiones, las de la fe y la ciencia, muestran LA MISMA realidad de un modo complementario, es decir, más completo, por eso la teología y el método científico son dos herramientas que conducen ambas a nuestra inteligencia a conocer la verdad. Nunca podrá la ciencia demostrar por qué y cómo Dios creó todo lo que existe; y a su vez la fe no explicará cómo se produce una reacción fotoquímica. Pero tanto la creación Divina como la fotosíntesis son reales, simplemente hay que estudiarlas con las herramientas apropiadas.

Concretando sólo un poco más, la ciencia empírica no puede explicar la existencia de un ser creador de todo lo que existe básicamente porque la creación del universo no significa lo mismo científicamente que teológicamente.
  • Científicamente alude a cuál es el momento en el tiempo, el lugar en el espacio y la materia o masa afectada con que comenzó a existir todo lo que conocemos por los sentidos y eso, matemáticamente, podría -hipotéticamente aún- explicarse sin necesidad de un ser creador. "Universo" además se refiere a lo que podemos percibir con nuestros sentidos y/o tecnología o investigación teórica, es todo lo tangible.
  • Teológicamente sin embargo, la creación del universo alude al momento en el que desde la nada, un ser crea todo lo existente, algo que está fuera de las capacidades de cualquier entidad contingente (que nos pasan cosas) puesto que cuando un hombre crea algo, cuando un proceso físico (un volcán, una estrella) crea algo, siempre lo hace a partir de una materia física previa, y la diferencia es que cuando ese ser superior crea lo existente, lo hace desde la nada (que no es el vacío, sino la no-existencia). Esa potencia o capacidad no es propia de un ser contingente como es el ser humano, y obviamente no es materia de ciencia física sino de estudio filosófico. Complementariamente, "Universo" en clave filosófica incluye el universo físico, pero también el que no es físico, como por ejemplo el cielo, el infierno, las almas, los ángeles, más aquellos "lugares" y "entidades" más allá del universo científico anteriormente descrito que los hombres incluso ignoramos que existan.
"La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad." Fides et Ratio - JPII

Para ampliar información sobre esta cuestión, es recomendable atenerse a la "Fides et Ratio" en primer lugar, y desde aquí recomendamos estas fuentes:

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lunes, 11 de octubre de 2010

12 de Octubre. Festividad de la Virgen del Pilar

La virgen del PilarCelebramos la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad, por lo que creemos oportuno recordar en nuestra web los orígenes de esta popular devoción.

Según documentos del siglo XIII, el 2 de enero del año 40, el apostol Santiago se encontraba en profunda oración con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal en Palestina, le pidió a Santiago que en aquel lugar se le construyese una iglesia, y que el altar estuviese en torno a la columna de jaspe (conocida popularmente como «el Pilar»), donde ella estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".

Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad, tal y como pidió María, edificaron una primitiva capilla de adobe en la vera del río Ebro. Este testimonio es recogido por un manuscrito de 1297 que se custodia en el Archivo del Pilar.

Muchos han sido desde entonces los "portentos y maravillas"debidos a la intercesión de la Virgen del Pilar, uno de los cuales, quizás el mas extraordinario y a la vez documentado, es el denominado "Milagro del Cojo de Calanda" del cual ya hablamos con anterioridad en esta web.

Desde aquí deseamos mucha felicidad en este día a todas las "Pilares".

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sábado, 9 de octubre de 2010

El olvido de Dios

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: 2 Reyes 5, 14-17 // Salmo 98 // 2ª Timoteo 2, 8-13 // Lucas 17, 11-19.

Si una palabra puede resumir la riqueza de la Palabra de Dios en este domingo, sería: GRACIAS.

Las lecturas de este domingo nos ponen de manifiesto una realidad que es muy frecuente entre los cristianos de todas las épocas: el olvido de Dios.

Cuando las cosas nos van mal, cuando el dolor agarra nuestros corazones, cuando la vida se hace cuesta arriba…. Con que facilidad nos acercamos a pedir a Dios, con que humildad le pedimos que solucione nuestros problemas… mas cuando las cosas van bien, cuando todo se ha solucionado, Gracias a Dios, que pocos son los que vuelven a dar Gracias a Dios, ¡Cuantos se olvidan de Dios porque ya no tienen problemas! ¡O los que tenían se han solucionado!

Es lo que nos cuenta el Evangelio de hoy: Diez leprosos acuden desesperados a Jesús para que los libre de esa terrible enfermedad, Jesús los escucha, se apiada de ellos y les manda hacer una sola cosa:”Id a presentaros a los sacerdotes” y cuando van de camino notan, sienten, que están curados… Uno sólo de ellos volvió dando gritos de Acción de Gracias a Jesús. De los diez sólo uno volvió a darle gracias al que le había salvado de la terrible lacra de la lepra. Sólo uno. Los otros nueve también fueron curados, pero ya no necesitaban el favor de Dios, ya estaban limpios… ¿para qué volver?

Queridos hermanos ¿Nos vemos retratados en este relato? Son tantas las cosas que Dios hace por nosotros y qué poco agradecidos somos. Mirad como párroco, todos los días me piden ofrecer la Eucaristía pidiendo algo a Dios, por un difunto, pedir por un enfermo, por el trabajo de los hijos, por los niños…. Por infinidad de cosas. Me da mucha alegría que acudamos al sacerdote para que ofrezca la misa por nuestras necesidades. Pero sólo tres o cuatro días en todo el año, se acerca alguien a pedir que ofrezca la misa en acción de gracias por los dones recibidos, por la vida que Dios nos regala o simplemente por el amor con el que nos bendice. Para pedir siempre, cada día alguien lo hace…para dar gracias muy pocos se acuerdan. Se repite la escena del Evangelio, muchos son los favores que Dios sigue haciendo con su pueblo, pero su pueblo ingrato no los reconoce.

Este domingo el Señor nos invita a reconocer su providencia amorosa, su amor infinito y entrañable que nos cuida y a ser AGRADECIDOS.

Este domingo damos Gracias a Dios por nuestra fe, por ser sus hijos, por poder participar en la Eucaristía, por ser miembros de familias cristianas que nos han transmitido la fe en Cristo Jesús, por tener una parroquia que forme y celebre nuestras vidas cristianas, ¡por tantas cosas…! Os invito en este domingo a no pedir nada al Señor, a dedicarlo todo entero a dar GRACIAS

Que Dios os bendiga a todos.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.


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domingo, 3 de octubre de 2010

Homilía para el 25º Domingo del tiempo ordinario

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Hababuc 1, 2-3; 2,2-4 // Salmo 95 // 2ª Timoteo 1, 6-8. 13-14 // Lucas 17, 5-10.

Nos propone nuestro párroco reflexionar las lecturas de este Domingo con la siguiente homilía:
Las Lecturas de este Domingo contienen un llamado a la Fe, a una Fe viva... “capaz de mover montañas” ... o de mover árboles, como nos refiere el Evangelio de hoy.

En el Evangelio de hoy (Lc. 17, 5-10) los Apóstoles le piden al Señor que les aumente la Fe. Y el Señor les exige tener al menos un poquito de Fe, tan pequeña como el diminuto grano de mostaza, para poder tener una Fe capaz de mover árboles de un sitio a otro. Con este lenguaje, el Señor quiere indicarnos la fuerza que puede tener la Fe, cuando es una Fe convencida y sincera.

Nos indica, también, que la Fe es a la vez don de Dios y voluntad nuestra. O como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: La Fe es una gracia de Dios y es también un acto humano (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #154).

Expliquemos esto un poco más: La Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nosotros. Es decir: para creer necesitamos algo que siempre está presente: la gracia y el auxilio del Espíritu Santo. Pero para creer también es indispensable nuestra respuesta a la gracia divina. Y esa respuesta consiste en un acto de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, por el que aceptamos creer.

Sin embargo hay una desviación muy marcada en nuestros días que consiste en exigir que todo sea comprobable, verificable, visible. Por cierto, es una desviación que siempre ha estado presente. No tenemos más que recordar a Santo Tomás.

Sucedió que este Apóstol no estuvo presente en la primera aparición de Jesús Resucitado a los demás discípulos. Y Tomás pidió comprobación, manifestando que se negaría a creer en la Resurrección de Cristo si no metía sus dedos en las heridas de las manos y su mano en la abertura del costado del Resucitado. Sabemos lo que sucedió: Apareció Cristo una segunda vez y reprendió fuertemente a Tomás, luego de tomarle la mano para que hiciera lo que se había atrevido a requerir. (cf. Jn. 20, 19-28)

Ahora bien, los seres humanos somos muy parecidos a Santo Tomás cuando se trata de verdades sobrenaturales: requerimos “meter el dedo en la llaga”, sin darnos cuenta de que practicamos una fe natural que nos lleva a creer cosas para las que no requerimos comprobación.

Un ejemplo evidente de esta fe natural confiada es la aceptación de nuestros antepasados no conocidos.

¿Quién de nosotros se ha atrevido a pedir una partida de nacimiento o de defunción para estar seguro de que tal persona es nuestro abuelo o nuestra bisabuela o nuestro tío?

Existe, entonces una fe meramente humana, por la que creemos en algo que se nos dice, como podría ser una historia, un suceso que se nos relata, o un fenómeno comprobable científicamente.

Pero hablemos de la Fe con “F” mayúscula, de la Fe sobrenatural. Esta, que es a la vez gracia de Dios y respuesta nuestra, nos lleva a creer todo lo que Dios nos ha revelado y, además, todo lo que Dios, a través de su Iglesia, nos propone para creer.

Esa Fe tiene diversas e indispensables consecuencias para nuestra vida espiritual. La Primera y Segunda Lectura de hoy nos presentan dos consecuencias muy importantes: la perseverancia en la Fe y la obligación que tenemos de comunicar esa Fe, a pesar de las circunstancias adversas.

En la Primer Lectura del Profeta Habacuc (Hab. 1, 2-3; 2, 2-4) vemos la preocupación del Profeta por el triunfo de la injusticia. Es una pregunta que siempre está presente en el corazón de los seres humanos. También otros Profetas la hicieron: Jeremías: “¿Por qué tienen suerte los malos y son felices los traidores?” (Jer. 12, 1).

Si leemos todo el texto del Profeta Habacuc (Hab. 1, 1 a 2, 4) nos damos cuenta que el Profeta primero se queja de la situación del pueblo hebreo. La respuesta de Yavé es ciertamente desconcertante: dentro de poco los Caldeos restablecerán el orden, invadiendo y saqueando todo (!!!):

“Miren, traidores y contemplen, asómbrense y quédense alelados, porque voy a realizar en su época algo que no creerían si se lo hubieran contado. Pues ahora empujo a los Caldeos, pueblo terrible y arrollador, que recorre enormes distancias para apoderarse de países ajenos. Es terrible y temible, y se hacen su propio derecho ... Este pueblo se burla de los reyes, se ríe de los soberanos; no le importan las ciudades fortificadas, pues levanta terraplenes y se apodera de ellas. ¡Y así pasa y se va como el viento ...! ¡Su fuerza es su dios!” (Hab. 1, 5-11).

Vemos en esta respuesta cómo está Dios permitiendo la acción del mal para corregir a su pueblo escogido.

Habacuc se queja nuevamente preguntando a Yavé por qué usa la invasión de los Caldeos para realizar su justicia.

Dios le responde a su Profeta con una visión que pide que deje por escrito para enseñanza de los que vengan después. Y la enseñanza es la perseverancia en la Fe. Le asegura que se hará justicia, pero a su tiempo. Y ... sabemos que el tiempo de Dios casi nunca coincide con el nuestro.

Le responde Yavé: “Es la visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará. Si se tarda espéralo, pues llegará sin falta: el malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.

Dios siempre hace justicia. Actúa de acuerdo a su Justicia que es infinita. Si embargo la Justicia Divina no siempre es clara para los humanos. Dios guarda en secreto, al menos por un tiempo, su manera de gobernar al mundo y solamente pide que nos mantengamos fieles hasta el final.

La explicación de esto se la da al Profeta Ezequiel:

“La gente de Israel dice que la manera de ver las cosas que tiene el Señor no es justa. ¿Así que mi manera de ver las cosas no es justa, gente de Israel, no será más bien la de ustedes? Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento. Corríjanse y renuncien a todas sus infidelidades, a no ser que quieran pagar el precio de sus injusticias. Lancen lejos de ustedes todas las infidelidades que cometieron, háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿O es que quieren morir, gente de Israel? A Mí no me gusta la muerte de nadie, palabra de Yavé: conviértanse y vivirán” (Ez. 18, 29-31).

Y esta enseñanza fue para el pueblo de Israel de los tiempos de Habacuc, Jeremías y Ezequiel, unos 600 años antes de Cristo, cuando Nabucodonosor hacía de las suyas, destruyendo pueblos y apoderándose de ellos.

Sabemos que el pueblo de Israel fue desterrado a Babilonia en el año 587 antes de Cristo. Luego de un tiempo –no muy corto, por cierto, pues fueron 70 años de exilio- se ve una nueva intervención de Dios, anunciada por el Profeta Ezequiel: “Los recogeré de todos los países, los reuniré y los conduciré a su tierra” (Ez. 36, 24).

Y eso hizo. En efecto, en el año 538 antes de Cristo, sin haber hecho nada los israelitas, Ciro, Rey de Persia, conquista a Babilonia y da libertad al pueblo de Israel para que regresen a su tierra, lo cual hacen, encabezados por Zorobabel, quien como primera acción organiza la reconstrucción del Templo de Jerusalén. (cf. Esdras 1 y 2)

Pero la acción de Dios es mucho más profunda. Dios hace las cosas a perfección y completas.

Lo que sucede no es un simple regreso del exilio, sino que hace efectiva la conversión del pueblo que había pedido a través de Ezequiel. Dios purifica y transforma el corazón de su pueblo, es decir, lo hace dócil a su Voluntad:

“Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus inmundos ídolos. Les daré un corazón nuevo y podré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi Espíritu y haré que caminen según mis mandamientos ... Ustedes serán mi pueblo y Yo seré su Dios” (Ez. 25-28).

Y esta enseñanza es válida para todos los tiempos, para cualquier circunstancia de la vida del mundo, de un pueblo, de la Iglesia, de las familias y también de cada persona en particular. Es una enseñanza muy apropiada para nosotros hoy, en el momento histórico que vivimos.

Aun cuando pueda parecer que Dios está dormido, como en la barca de los Apóstoles cuando en medio de una fuerte tormenta éstos se atrevieron a reclamarle: “¡Maestro! ¿es así como dejas que nos ahoguemos?” (Mc. 4, 38), Dios está siempre pendiente y exige nuestra fe perseverante. De hecho Jesús calmó la tempestad, pero no dejó de reprender a los Apóstoles con respecto de su fe y su confianza: “¿Por qué son ustedes tan miedosos?” (Mc. 4, 40). “¿Dónde está la fe de ustedes?” (Lc. 8, 25).

Pueda que las cosas se desarrollen como si Dios no estuviera pendiente, pero es preciso permanecer confiados en fe. Puede parecer que Dios tarde en intervenir, pero de seguro su actuación tendrá lugar y se verá, como la vio el pueblo de Israel, porque “sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman” (Rom. 8, 28).

Y esto que se aplica al pueblo de Israel y a nuestro mundo hoy, también puede aplicarse a nuestra vida personal.

A veces las circunstancias de nuestra vida, circunstancias difíciles, nos pueden hacer pensar que el Señor está lejos o, inclusive, que Dios no existe, o que no nos escucha. La Lecturas del Profeta Habacuc nos enseña a esperar el momento del Señor. El Señor siempre está presente con el auxilio de su Gracia, aunque en algunos momentos no lo sintamos. En los momentos difíciles de nuestra vida sepamos esperar el momento del Señor con una Fe paciente, perseverante y confiada en los planes de Dios... y, sobre todo, en el tiempo de Dios.

La Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a Timoteo (2 Tim. 1, 6-8; 13-14) nos habla de otro aspecto de la Fe. Digamos que nos habla -más bien- de una consecuencia de la Fe: la obligación que tenemos de comunicarla. La Fe, si es verdadera, nos lleva a anunciarla a los demás, a comunicar a los demás eso que creemos.

En palabras de San Pablo muy conocida de los evangelizadores: “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios nos dé”. Dicho en otra traducción: “compartir los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios”.

Ahora bien, la segunda traducción, más en línea con el escrito de San Pablo a su discípulo Timoteo, indica que muchas veces, como era el caso de los tiempos de San Pablo, quien se encontraba preso por predicar el Evangelio y quien le recordaba a Timoteo el sacrificio de Cristo, hay que estar dispuesto a sufrir cuando se vaya a dar testimonio de la Fe. Porque, como dice San Agustín, pueda que muchos están dispuestos a hacer el bien, pero pocos en sufrir los males.

Para eso tenemos la seguridad de la gracia, porque “el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de buen juicio”.

Fortaleza para no flaquear en la firmeza en la fe. Amor para desear defender y comunicar esa fe, no importa las circunstancias. Y buen juicio, para hacerlo con prudencia, pero sin temor.

Agradezcamos al Señor el don de la Fe y respondámosle con nuestro granito de mostaza para que El pueda darnos una Fe inconmovible, indubitable, una Fe confiada y paciente que sabe esperar el momento del Señor, y una Fe viva y activa, valiente y fuerte, que no teme ser anunciada, aunque haya riesgos.


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